Recibe, oh Dios eterno, la hostia inmaculada,
que luego a ti inmolada, va ser en este altar.
Con ella te pedimos, que aceptes nuestros dones,
son fieles corazones, que a ti sólo han de amar. (2)
Oh Dios, que reformaste, la humanidad caída,
confunde nuestra vida con tu divinidad.
Lo mismo que se mezcla en esta ofrenda pura,
el agua que es figura de nuestra humanidad. (2)
El vino de la uva, y el trigo en blanco grano,
son frutos de las manos, son hijos del dolor.
Esfuerzos y trabajos, que en Cristo se agigantan,
y por su medio alcanzan valor de redención. (2)